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LOS CATALANES EN LAS INVASIONES INGLESAS
2006-10-28
Sección ARGENTALANES

Los catalanes en las invasiones inglesas
Cristina Ambrosini cristinaambrosini@yahoo.com.ar
Web de Cristina Ambrosini epicureanos.blogspot.com/

En la ciudad de Buenos Aires, el barrio que rodea la Plaza de Mayo hacia el sur se llama Monserrat. Este único dato serviría para probar que antes de Joan Manuel Serrat, otros catalanes dejaron su marca en el Río de la Plata. En 1750, un chacarero catalán llamado Pedro Sierra o Juan Sierra erigió en esos parajes una modesta capillita dedicada a Nuestra Señora de Monserrat (sic). Según el historiador José Torre Revello, la modesta capilla, construida con adobe y cal, fue diseñada y construida en 1769 por el arquitecto Antonio Masella con el dinero aportado por la Hermandad de Nuestra Señora de Monserrat. En un escrito de 1769 el mayordomo de la Hermandad, Antonio Miguel i Tolo, afirma que la cofradía se fundó en 1755. Lo más probables es que Sierra haya donado el predio y los catalanes afincados en Buenos Aires y el Paraguay hayan aportado el dinero para construir la parroquia. Lo cierto es que la actual iglesia de Monserrat, de sólida construcción, no es la precaria capillita construida por Masella con la limosna de los primeros catalanes afincados en el Río de la Plata.
Según el General Mitre, fueron las “guerrillas catalanas” las que permitieron la expulsión de los invasores ingleses en 1806. El 25 de junio de ese año, tropas inglesas a cargo del General Beresford desembarcaron en Quilmes y tomaron el fuerte de Buenos Aires dos días después. Ya en diciembre de 1805 le habían comunicado al virrey Sobremonte que una expedición inglesa con muchas tropas y barcos había arribado a la Bahía de Todos los Santos en Brasil. Una vez instalados los ingleses en el Fuerte de Buenos Aires, para oprobio del virrey, fueron dos catalanes, el ingeniero Felipe Sentenach y don Gerardo Estebe i Llach los que se pusieron en contacto para organizar la reconquista y varios más se unieron a este primer grupo. La idea era realizar la apertura de dos minas que deberían explotar debajo del Fuerte y del Cuartel de la Ranchería mientras otros organizaban una fuerza armada voluntaria para reducir a los ingleses que resultaran sobrevivientes de las explosiones.
Un catalán, Miguel Antonio Vilardebó, ofreció parte de su patrimonio para afrontar los gastos de la campaña. El plan de Felipe Sentenach, Bartolomé Tast, Pedro Arnau, José Forneguera y Gerardo Esteve i Llac, de hacer estallar minas subterráneas bajo los píes de los invasores ingleses, tan peligroso para ellos mismos antes que para el enemigo, no llegó a consumarse gracias a la llegada de las fuerzas enviadas desde Montevideo a las órdenes de Liniers. Enterado del suceso, el gobernador de Montevideo, Ruiz Huidobro, se abocó a la tarea de reconquistar Buenos Aires. Se organizó un ejército de 500 hombres entre los cuales 146 eran catalanes, vestidos y costeados por algunos de sus integrantes. El 10 de agosto, a la vanguardia del cuerpo de Miñones, Rafael Bufarull, José Grau, Cristóbal Salvanyach y Jaime Ferrer, a punta de bayoneta, desalojaron a los invasores del Parque del Retiro. Al día siguiente, utilizando dos cañones, hundieron una cañonera inglesa y provocaron graves daños a una fragata. La ofensiva final se produjo el 12 de agosto. En una carta de Domingo Matheu a Recalde en Córdoba dice:
“Liniers permaneció en Retiro hasta el martes 12 a las nueve del día, que viendo que toda su gente estaba con el mayor valor y deseos de atacar, en particular las dos compañías de Migueletes Catalanes, que voluntariamente se hicieron en Montevideo, y otra compañía que también se levantó en ésta, que en patrulla de 4 y 5 se venían a la misma plaza a hacer fuego al enemigo, se vio el General precisado a mandar al ataque.”
En un escrito humorístico de la época encontramos la siguiente frase elogiosa al valor de estos catalanes:
“Catalanes: Si fuera poeta diría que Marte había puesto escuela en Cataluña.”
Mientras los ingleses entregaban sus fusiles, sus cañones y sus espadas, el pueblo armado negó al virrey Sobremonte la entrada a la ciudad. Así, estos hombres produjeron, sin saberlo, el primer hecho emancipador de la corona española y habrían instalado el germen de la Revolución de Mayo.
El 19 de agosto de 1806, los catalanes Jaime Nadal i Guarda, Jaime Llavallol, Olaguers Reynals y Juan Larrea, solicitan al Cabildo y al regimiento de Buenos Aires el permiso para crear el Cuerpo de Voluntarios Urbanos de Cataluña comandado por el ingeniero Sentenach. En este cuerpo, los oficiales eran elegidos democráticamente entre la tropa por votación directa y mayoritaria. La Segunda Compañía eligió por Capitán a Juan Larrea y por Teniente a Domingo Matheu, dos próceres de la Patria quienes consolidaron desde entonces una estrecha amistad que prolongaron a lo largo de sus vidas. Cabe destacar que los gastos de uniformes, armas e instrucción eran sufragados por los propios miembros del cuerpo y no por el Cabildo. Se espera una segunda invasión inglesa. Domingo Matheu estrecha contacto con Juan Antonio Pereira, Segundo Jefe de Patricios y otros compatriotas oficiales para organizar la resistencia y para ello aporta espadas, sables y pistolas que salen de sus almacenes. Su espíritu de lucha queda reflejado en las cartas que recibe su hermano Miguel donde dice:
“aguardamos que vengan los ingleses otra vez…. Y si por desgracia nuestra llegan a tomar la plaza, te encargo me reces un padre nuestro; porque te aseguro moriré primero que no caer en manos de semejante canalla.”
En Buenos Aires reinaba un fervor popular que era a la vez patriótico y militarista. El pueblo estaba ocupando un lugar que nunca antes había tenido, y que luego no abandonaría por muchas décadas. Liniers organizó la defensa con enorme apoyo de la población, pero en un contexto en el que era la tropa la que proponía a los jefes. Más aún, varios caciques ofrecieron al Cabildo alrededor de 30.000 indios guerreros, armados y con cinco caballos cada uno, oferta que el Cabildo optó por (agradecidamente) dejar para un momento más "oportuno" debido al peligro que representaba llevar semejante fuerza indígena a la ciudad.
Tras la capitulación de Beresford y ante la posibilidad de una nueva invasión, Liniers emitió un comunicado, instando al pueblo a organizarse en cuerpos separados según su origen. Prácticamente cada ciudadano se convirtió en un miliciano. Estas nuevas milicias se organizaron en diferentes cuerpos y regimientos. El Comandante General de Armas logró agrupar una fuerza popular a la que se le sumaban las tropas virreynales, de menor tamaño, formando un ejército de infantería, caballería y artilleros constituida del siguiente modo:
Infantería
Regimiento de Patricios, tres batallones formados por los nacidos en Buenos Aires, mayormente pobres y liderada por Cornelio de Saavedra y que contaba con Manuel Belgrano como sargento mayor.
Cuerpo de Arribeños, formado por peones provenientes de las provincias del interior, liderado por Juan Bautista Bustos.
Compañía de Granaderos de Infantería o Provinciales, cuerpo colonial posteriormente denominado de Fernando VII, dirigidos por Juan Florencio Terrada.
Tercio de Montañeses o Cántabros de La Amistad, originarios de Cantabria.
Cuerpo de Asturianos y Vizcaínos
Cazadores Correntinos, bajo el mando de Juan José Fernández Blanco.
Tercio de Gallegos
Tercio de Andaluces
Tercios de Miñones o Catalanes
Cuerpos de Indios, Morenos y Pardos
Batallón de Naturales
Caballería
Los Húsares de Pueyrredón, regimiento de caballería al mando de Pueyrredón, que participaría luego en la guerra de independencia bajo del nombre Húsares de la Patria.
Segundo Escuadrón de Húsares o Húsares de Vivas
Tercer Escuadrón de Húsares o Húsares de Núñez
Escuadrón de Caballería de Carlos IV
Regimiento de Caballería de Blandengues de la Patria, cuerpos de caballería para la defensa de las fronteras interiores asediadas por los indios.
Escuadrón de Migueletes
Escuadrón de Quinteros y Labradores
Artillería
Cuerpo de voluntarios de Patriotas de La Unión
Compañía de Artillería de Indios, Pardos y Morenos, formada por indios y esclavos.
La creación de estas fuerzas paralelas al ejército regular imperial causó desconfianza en las autoridades españolas dado que la militarización trajo como consecuencia la politización y permitió que los líderes milicianos obtuvieran poder y popularidad dentro de la sociedad rioplatense.
Así llega la segunda invasión y nuevamente, en julio de 1807, fueron los catalanes quienes se destacaron en la defensa de Buenos Aires. Jaime Llavallol i del Riu, padre del futuro gobernador de Buenos Aires Felipe Llavallol, en calidad de capitán de la Tercera Compañía de Miñones recuperó Barracas, Miserere, el Retiro y la Plaza Mayor. Narciso Marull i Torrent, boticario, no sólo proveyó de medicamentos y asistencia a los heridos durante las dos invasiones inglesas. Desde la azotea de su casa, centro de reunión obligado para los catalanes residentes en el Río de la Plata, combatió y obligó a rendirse a una columna invasora quizás tirando aceite hirviendo, como mostraban nuestros manuales infantiles. Toda una mitología está presente al momento de mostrar aquella heroica defensa en la que cada edificio se convirtió en trinchera y cada esquina en una trampa mortífera. M. A. Cárcano, por ejemplo, no perdió la oportunidad de comparar esa defensa con el sitio de Stalingrado, acordándole mayor mérito porque tuvo lugar un siglo y medio antes.
El catalán José Milá de la Roca, extendió la capitulación de Buenos Aires cuando se rindió el ejército inglés ya que ninguno de los jefes españoles sabía cómo hacerlo. A partir de allí abrazó la causa de la independencia y colaboró en las campañas del general Belgrano como su secretario y confidente. El tratado de capitulación establecía el cese inmediato de las hostilidades en cada lado del Río de la Plata. Las fuerzas británicas debían embarcarse en el término de diez días y la plaza de Montevideo devuelta dentro de los sesenta. Mutuamente se devolvieron los prisioneros de la primera y segunda invasión. Los oficiales británicos serían liberados después de haber jurado que no emplearían sus armas contra Sudamérica hasta su llegada a Europa. En marzo de 1809 en Londres, Whitelocke fue degradado y expulsado del ejército británico por una corte marcial, declarado totalmente inepto e indigno de servir a Su Majestad como militar.
Superada la emergencia, la invasión terminó teniendo efectos políticos beneficiosos para el Río de la Plata, tanto localmente como en Londres. Como es bien sabido, para el ánimo patriota la derrota de los británicos significó un salto abismal en su autoestima: si podían defenderse sin auxilios extranjeros del asalto de la principal potencia mundial, podían autogobernarse. Por el otro lado, en Londres la derrota sirvió para reanimar la idea de que Hispanoamérica debía ser independiente, y que la adquisición de más territorio para el Imperio Británico era costosa y muy riesgosa. Más inteligente y útil era privar a sus competidores de sus propios imperios.
En la actualidad, uno de los hospitales más importantes de Buenos Aires rinde homenaje al Doctor Francisco Cosme Argerich, nacido en Barcelona en 1787. Actuó como médico en las invasiones inglesas y en las luchas por la independencia al ser nombrado en 1813 cirujano del Regimiento de Granaderos a Caballo creado por San Martín. Otro destacado patriota fue el ingeniero Felipe Senillosa, nacido en Barcelona en 1790. Fue designado por Rivadavia director de la Academia de Matemáticas y director del Departamento Topográfico por nombramiento de Rosas en 1838. Entre los marinos, Juan Antonio Toll i Bernadet, oriundo de Sant Andreu de Llavaneras y el Comodoro Luis Py pasaron a la historia por su destacada participación en distintas campañas militares.
Como podemos apreciar, la colectividad catalana en Argentina, comparativamente poco numerosa, no dejó de ejercer una decisiva colaboración en la conformación de nuestro país. En el comercio, en el arte, en la política, en la ciencia, los catalanes están presentes en nuestra historia, desde sus albores. En 1986, con motivo de cumplir su primer centenario, el Casal de Catalunya en Buenos Aires organizó una serie de actividades donde no faltó la presencia de Montserrat Caballé en el Teatro Colón para homenajear la ininterrumpida colaboración de sus compatriotas en ésta, su nueva patria.
En años recientes, no son pocos los exiliados económicos argentinos que recalan en Catalunya, haciendo el viaje inverso al de sus antepasados. Tampoco son pocos los que estudian el idioma catalán y tratan de comprender esta cultura como un modo de conocerse mejor a sí mismos mientras sueñan con pasar una temporada mirando el Mediterráneo desde algún punto de las costas catalanas.

Fuentes consultadas:
ROMERO ONETO, ALBERTO H y ELÍA, HORACIO O., Don Domingo Matheu, Buenos Aires, edición de la Lotería Nacional de Beneficencia Nacional y Casinos, 1965
MERCADER, JOSÉ M., “Los catalanes en el Río de la Plata desde las invasiones inglesas hasta nuestros días”, en TODO ES HISTORIA, N° 235, diciembre de 1986, pp. 46 a 54.
ROMAY, FRANCISCO, “El barrio de Monserrat”, Cuadernos de Buenos Aires, VIII, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1971.

Web de Cristina Ambrosini
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