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EL NOI, UN GUAPO DEL ‘900 CON APODO CATALáN, RECORDADO POR BORGES Y EL TANGO
2007-03-30
Sección ARGENTALANES

El Noi, un guapo del ‘900 con apodo catalán, recordado por Borges y el tango

Cristina Ambrosini cristinaambrosini@yahoo.com.ar
Web de Cristina Ambrosini epicureanos.blogspot.com/

Nuestra historia es breve, afirma Borges, ya que podemos hacerla brotar de aquella lluviosa mañana de mayo de 1810; o también podemos pensar en las dos fracasadas invasiones inglesas que fueron rechazadas, no por las autoridades coloniales, sino por los habitantes de la ciudad de Buenos Aires entre los que se destacó la comunidad catalana. Luego vinieron las luchas fratricidas, la generación del ’80 con su impulso “civilizatorio” en la Conquista del Desierto y la exterminación de las comunidades indígenas. Ya a poco de iniciado el siglo XX, las fiestas del Centenario de 1910 nos hicieron pensar que formábamos parte del primer mundo por la visita de monarcas europeos y el despliegue ostentoso de los festejos. Todos estos acontecimientos han sido motivo de inspiración de la literatura, no menos que los personajes que animaron estas historias. Entre ellos, destacan dos arquetipos humanos: el gaucho y el compadrito, dos desclasados, marginales, uno rural y el otro urbano. El arrabal, fuente de inspiración de las letras de tango, nombraba los confines de la ciudad. Las orillas y los orilleros que las habitaban estaban en El Bajo, desde Palermo hacia un poco más allá de La Boca del Riachuelo, Así se nombraban, según Borges, esas vagas, pobres y modestas regiones en que iba deshilachándose Buenos Aires hacia el norte, hacia el oeste y hacia el sur. Esas regiones de casas bajas, a veces pintadas de rosa y otras de verde, esas calles en cuyo fondo se sentía la gravitación, la presencia de la pampa; esas calles ya sin empedrar, a veces de altas veredas de ladrillo y por las que no era raro ver cruzar un jinete seguido de muchos perros. En ciertas coplas o versos se advierte la entonación propia del compadrito cuando dice:

Soy del barrio Monserrate
donde relumbra el acero
lo que digo con el pico
lo sostengo con el cuero

O:

Hágase a un lao, se lo ruego,
que soy de la Tierra ‘el Fuego

Estos muchachos de mala fama y mal entretenidos hacían sus primeras armas en el arte del “visteo”, una especie de esgrima ejercitada con un palo o una varita que simulaba un cuchillo. La pistola y el sable eran armas de otra clase social y eran propias de los caballeros y los militares de carrera. También en las armas se evidencian las diferencias de clase y al orillero le correspondía la daga, el facón o el cuchillo de faenar a los animales. En tal esgrima actualizaba la herencia gaucha, el pasado reciente de algún padre o abuelo gaucho. Cada barrio padecía sus cuchilleros que poblaban primero las comisarías, luego los hospitales y finalmente los cementerios. Los hubo de fama duradera: El Petiso Flores en la Recoleta, El Turco en las Baterías, Felipe León (a) el loro, los hermanos López (a) los carpinchos, Tristán Cabrera (a) el Nortero, otro apodado “el Tandilero”. Perleaban por pelear, para demostrar sus habilidades con el cuchillo, para mantener el liderazgo dentro de su grupo o para consumar un destino prefijado “morir en su ley”. La maquinaria del duelo empezaba a funcionar cuando alguien decía “uno de los dos está de más” y ya los padrinos organizaban la escena a la que se sumaban los miembros de cada barriada.
La literatura, entonces, nos cuenta el carácter violento de esta gente que vivía peleando con la policía o esquivándola, vivían matándose en duelos oscuros, muriendo en una esquina cualquiera, y además —como Ovidio, dice Lugones— cantando las tristezas del amor y del destierro. Recuerda Borges que uno de los nombres legendarios es el de Hormiga Negra, que entre los intervalos de pelear con la policía era un buen peón de estancia y un buen tropero. De él se cuenta que una vuelta fue alertado acerca de que habían entrado a robar en la estancia donde trabajaba, entonces montó a caballo y lanceó a tres de los que habían entrado; luego, los otros escaparon, y el patrón le hizo una reconvención a Hormiga Negra. Le dijo: “¡Pero cómo! ¡Has lanceado a tres! ¡Pero qué es esto!” Entonces el otro, humildemente y con la lanza aún ensangrentada en la mano, le dijo: “Perdón, patroncito, se me fue la mano...”
El escritor Ricardo Llanes, en “El barrio de Parque de los Patricios”, cuenta que presenció, allá por 1905 el duelo entre un tal Zoilo Pereyra y el Noy (sic) nombre castellanizado con la “y” griega, que recibía como apodo de “el muchacho” en catalán, un cuchillero de renombre, que venía del barrio Las Baterías, cercano a Retiro. El Noy, mediano de estatura y más bien corpulento, de cutis blanco, calzaba alpargatas lo mismo que su contrincante que era más bien alto, morocho y picado de viruela. Un matón de aspecto achinado oficiaba de juez y a la orden de “cuando quieran” cruzaron sus armas, al tanteo. Los dos, con el saco enrollado en el brazo izquierdo, con saltos de felinos y rápidas arremetidas, competían en destreza y coraje. La pelea se desarrollaba en completo silencio. Pereyra tiró a embocar una cuchillada tripera pero el Noy se arqueó lo suficiente como para esquivarla y al mismo tiempo tajeó la cara del Zoilo ensangrentando el cuchillo. Y como el duelo se había concertado “a primera sangre”, ahí terminó la cosa. Pasado el tiempo, el encuentro inspiró un poema:

“Aquí estampamos estos versos
El Noy con la sonrisa satisfecha
Al limpiar su cuchilla con unos yuyos
Sintió que le agrandaba su fama el hecho
Y mientras lo escoltaban por su coraje
Su nombre, en la proclama que hacían los suyos
Achicaba las vainas del malevaje.”

Las hazañas de estos cuchilleros, elevados a la categoría de semidioses, fueron también fuente de inspiración en las letras del tango como en la siguiente de Cobián y Cadícamo
El cantor de Buenos Aires
Letra: Enrique Cadícamo
Música: Juan Carlos Cobián
Voy mirando atrás y al comprobar
que el tiempo nuevo se llevó
la franja, el taco militar...
Yo voy notando aquí en la zurda
que el corazón me hace una burla...
Nada duele tanto como ver
desenrollar del carretel
el hilo de la juventud...
Adiós glicinas, emparrados y malvones...
Todo, todo ya se fue...
Donde estarán los puntos del boliche aquel,
en el que yo cantara mi primer canción...
Y aquellos patios donde pronto conquisté
aplausos tauras, los primeros que escuché.
Donde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy,
el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao...
Así empezó mi vuelo de zorzal...
Los guapos del Abasto
rimaron mi canción.
Soy aquel cantor del arrabal,
jilguero criollo que pulsó
la humilde musa de percal...
Me acuerdo de hace veinte abriles
de aquellos bailes a candiles...
Cuando de una oreja iba colgao
como un hachazo en el costao
la mancha roja de un clavel...
Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque...
Todo, todo ya se fue...

Borges coincide con Cobián y Cadicamo es atribuir a la vecindad de Gardel el territorio del Noi cuando lo eleva a figura literaria en uno de sus escritos:
Dice Borges “Y recuerdo el caso análogo del Noi, malevo del barrio del Abasto, barrio de aquel Charles Gardés —más conocido como Carlos Gardel, ¿no?— Recuerdo que el Noi, saliendo de una casa mala, tuvo un cambio de palabras con un muchacho, le dio una distraída bofetada —las bofetadas entonces no eran para derribar a un hombre, eran simplemente para ponerlo en su lugar o para iniciar una pelea verdadera, ya que se hablaba de peleadores de puños con cierto desprecio, ya que el boxeador no arriesga la vida al pelear. Pues bien, el Noi ya es viejo, ya famoso, ya con una constelación de muertes, digamos, abofeteó distraídamente a ese muchacho, que no sabía con quién se las había, y que sacó un revólver y lo mató. Y luego ese muchacho tuvo que mudarse del barrio porque la gente lo aborrecía y lo despreciaba, porque quién era él para matar al Noi —como quién era el sargento Chirino para matar a Juan Moreira.”
Borges aquí nos cuenta el final previsible de la trágica vida del Noi, destinado al uso violento del cuchillo y a morir por la inoportuna interferencia de un revolver, el arma de fuego que reemplazó a la daga y el cuchillo y recluyó al baúl de los recuerdos las hazañas de los cuchilleros de Buenos Aires.
Fuentes consultadas
LLANES, RICARDO M., El barrio de Parque de los Patricios” Cuadernos de Buenos Aires, XLII, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1974
http://www.elortiba.org/borges3.html#La_poesía_y_el_arrabal
www.letraslibres.com
http://www.tangocitytour.com.ar/letras.htm
http://www.elortiba.org/antolog2.html
http://www.thetqr.org/Archives/TQR%207%20Int/asc..htm

Web de Cristina Ambrosini
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